sábado, 4 de junio de 2016

San Francisco Carácciolo, fundador (4 de junio)



San Francisco Carácciolo, fundador. 

(† 1608)

El fervorísimo sacerdote, san Francisco Carácciolo, nació en el lugar llamado Santa María, de la diócesis de Trivento del reino de Nápoles, y fue hijo de nobilísimos y cristianísimos padres. Desde sus primeros años se mostró tan compasivo de los pobres, que cuando se sentaba a la mesa para comer, dejaba a un lado el plato que más le gustaba y le llevaba a los pobres. Siendo de mayor edad se inclinó a las armas, y aprendió los ejercicios militares propios de los caballeros de su tiempo; mas como se viese acometido de una maligna dolencia que le cubrió de pies a cabeza de una lepra asquerosísima, y redujo toda su hermosura y gentileza a un disforme esqueleto, ofreció a Dios que si le restituía la primera salud, abrazaría el estado religioso. Mientras estaba haciendo esta resolución, se sintió inundado de una avenida tan copiosa de lágrimas, que embargándole la voz, lo dejó suspenso: y vuelto en sí, como si despertara de un dulce sueño, se halló fuera de todo peligro, y en pocos días se vio bueno y sano. Aprendió las letras humanas y divinas, y habiéndose ordenado de sacerdote, celebró su primera misa con asistencia de la nobleza más distinguida de Nápoles; y fue este acto de gran ternura y edificación. Juntándose después con don Agustín Adorno y don Fabricio, fundaron la nueva orden de clérigos, que el sumo pontífice Sixto II quiso se nombrase de Clérigos menores; y habiendo fallecido el padre Agustín Adorno, primer general, fue elegido nuestro Francisco que era cofundador: mas a los seis años de su gobierno alcanzó con sus muchos ruegos dejar su oficio. Entonces se dio a una vida tan santa como admirable: porque escogió para su habitación un rincón debajo de la escalera de la casa, estrecho, oscuro y guarnecido de calaveras, que más parecía sepulcro de muertos, que habitación de vivos. Allí estaba recluso, todo el tiempo que le sobraba de los actos de comunidad, absorto en la contemplación de las cosas celestiales. Las noches pasaba en la iglesia velando en oración, donde lo vieron varias veces en éxtasis con los brazos en cruz. Finalmente habiendo tenido revelación de su muerte, y sintiéndose abrasado de una grave calentura, preguntó al enfermero que le asistía: "¿En qué día estamos?" y respondió: En martes 3 de junio, antevíspera del Corpus". Dijo Francisco: "Pues según eso, mañana saldré de este mundo". Y el día siguiente, recibidos con gran devoción los sacramentos, plácidamente expiró. Comenzó luego su cadáver a despedir una suavísima fragancia, y estuvo en el féretro tres días para satisfacer a la devoción del pueblo, después de los cuales determinaron embalsamarle para transportarle a Nápoles y lo hallaron ceñido con un áspero cilicio. 


Reflexión: 

No es menester vivir como este santo en una celda pobrísima, obscura y llena de calaveras, pero es gran desatino pensar que hemos venido a este mundo para tener nuestro cielo en la tierra, y pasar la vida conforme a la ley de nuestros gustos y antojos. Hemos de morir: y si hemos de morir, no ha de caerse jamás de nuestra memoria el saludable recuerdo de la muerte. ¿Qué provecho ha sacado de todas las riquezas, honras y placeres de su vida, el que la termina con una mala muerte? ¿Y qué daño recibe de todos sus contratiempos, el que la acaba con santa muerte? En eso está todo el gran negocio de la vida mortal del hombre: en morir bien. 

Oración: 

Oh Dios, que ilustraste al bienaventurado Francisco, fundador de nueva orden, con el amor de la oración y de la penitencia, concede a tus siervos, que imitando su ejemplo, perseveren en la oración y domen la rebeldía de su cuerpo para merecer la gloria celestial. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

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